
Por Roberto Sánchez Reyes.
¿Dónde está el Orden? Aquí, en las contingencias.
¡Qué suerte tuve! Te encontré cuando no te buscaba.
¡De veras! Si no terminas diciéndomelo, ni por aquí me hubiera pasado. ¿De donde has sacado qué las pasiones y el amor propio son lo mismo? Del capricho y del tiempo que te tomas para conseguir, lo que te propones.
¿Qué es la pereza? Es, un estado de ánimo depresivo, que lo padecen quienes no tiene por delante un mundo de pasiones. Creo, que a quienes les faltan pasiones, tiene mucha, mucha pereza. El desánimo en ellos es: no hacer nada.
¿Qué son los instrumentos? Los instrumentos son innumerables, son infinitos y algo difícil de pormenorizar. Son las herramientas que el hombre ha venido utilizando para hacer de la tierra, mar y el cielo, su paraíso. Después de muerto, el hombre ya no requiere de instrumentos.
Del uso y utilidad de los instrumentos. Cuando un instrumento deja de ser útil a los propósitos del hombre, pasa a la categoría de ser obsoleto.
Cae en desuso, pasa a la inutilidad: muere.
¿Las herramientas son sistemas o qué otra cosa son? Son métodos que el hombre ha utilizado para gobernar y medir todo lo que lo rodea.
¿Qué otra cosa son las máximas? Una pesadilla de la verdad, como esta:
Hemos aguantado gobiernos peores. Este gobierno es malo, pero hay otros peores. ¡Eso dicen los que saben! A mí, vinieron y me lo dijeron; todavía no entiendo el objeto o la razón por la que vinieron a decírmelo. ¿O sea qué…? Debemos aguantarlo, de lo contrario; se volverá más malo de lo que es. ¿Consentirlo para que no se haga más malo? ¿Revocarle el mando para poner otro mejor?
Mal gobierna: en casa, en el municipio, en el estado y la nación quien empobrece a los hijos y al pueblo.
DE BOCA EN BOCA Y DE MANO EN MANO.
SEMBLANZA DEL PAISAJE (5)
Yo, soy muy crédulo. Lo fácil se me da por todos los lados que tiene el pensamiento, hasta creo que las cebollas viven los inviernos muy enamoradas en los enmarañados almácigos y viveros, esperando el tibio estiércol para calentarse, antes, mucho antes de poder salir a manifestarse; moviendo el verde rabo al viento y sol, en el barbecho.
Un puñadito de estiércol, del más caliente, del de cabra es, de los más apetecidos por las enamoradas cebollas, el estiércol guarda en cada apretada bolita muchas energías que, emulsionadas en las dulces aguas, las blancas y enamoradas cebollas beben, apasionadamente.
Las cebollas, no saben guardar el calor que buscan, son frías de afuera hacia dentro: no tienen corazón. Cuando un hortelano con su pica les busca el corazón y las despabila, desguarnecidas, llorosas y partidas se quedan esperando y musitando un beso tenue del sol de la tarde y el tintineo triste de una campana que atada lleva al cuello, un descarriado y fatigado macho cabrío.
Creo que hay muchas cebollas en Viudas: las comestibles y las que no lo son. De ambas tiene muchas este campo. De las primeras, las hay blancas, amarillas y moradas; de todas formas comibles. De las no digeribles el número es mayor: de bulbo morado las más, como la de los tulipanes y alcatraces; de muy bonito talle y flor, sí; pero de bulbo nada apetecible.
Las cebollas, son acuosas, y van a la canasta entre los sensuales ajos, las verdes calabazas y las zanahorias de mórbida carnación.
¿Cómo hacer, para que los lectores y signatarios de Viudas, crean como muchos ya lo hacen, en la semblanza del paisaje que me he permitido pintarles? Lo voy a intentar de nuevo a partir del 4to., año.
Del trabajo de escribir ahora, queremos darles cuenta mañana. Hoy, la intensión, la sola intensión, no ha podido dar con el estilo. Hacer un renglón, es tan riesgoso como sembrar rosas en el mar, o levantar castillos en el aire, o tratar de meter con las manos los derechos rayos del sol, a los oscuros y profundos tiros de las minas.
Viudas no tiene parangón en la escritura y en el arte. Viudas es una parte y es todo. Es una parcela de tierra maltratada, erosionada por la poco agua y el mucho viento y sol, que le ha está cayendo en la cara. Viudas es como la comunidad de cebollas en el barbecho: blancas y descorazonadas están, como blancas garzas sin aliento: tostadas sus pulpas por el ardiente sol y desveladas por el viento. Para ellas, no alcanzó la trama y la lía de la arpilla que envuelve y lleva para el mercado. Ellas están, por todo el barbecho de la patria; a punto de morir, abandonadas.
En público y en la soledad: ¡cómo me dan pena las abandonadas! Siento mucha pena por las viudas, las que han estado siendo desahijadas, desde la patriótica revolución y la apátrida cristiana, la desazón de las dos guerras mundiales, y la revolución tecnológica de nuestros días. Por todas ellas, siento mucha pena: por las que están haciendo llegar sus lágrimas al río y se sale más el mar; por las que están dándole al viento sus balidos para que se hagan torbellinos; por las que le dan al sol sus dolencias; para que el astro rey haga: castillos de cenizas.